De mudanza

Hacía meses que vivíamos en el número 10, pero no había tenido tiempo para aquella caja. Ya estaban en su sitio las sartenes, las toallas, los cuadros, los mandos de la televisión, los imanes de la nevera. Aquella caja, en cambio, se me hacía más cuesta arriba: contenía papeles, libros rotos, cuadernos, mis diarios. Miré por la ventana, llovía. Parecía el día perfecto para decidirme a terminar. Cada vez que tropezaba con ella volvía la sensación de que no estaba en casa, no todavía, que faltaban o sobraban cosas; un profundo sentimiento de provisionalidad que me irritaba. Me senté, pues, en el suelo, junto a una bolsa de basura que engordó rapídamente: allá fueron facturas casi ilegibles, folletos publicitarios, algunos libros de texto que ya no servían, también viejos poemas que ahora me daban la risa. Ya casi terminaba cuando encontré unos folios arrugados, sucios, estuve a punto de tirarlos sin más, pero una frase me detuvo, no fue por lo que decía, imposible leer entre aquel amasijo de papel; fue que se me puso delante de los ojos y no quiso arrancarse de ahí, quizá se me enganchó a las pestañas la letra redonda de mi infancia, quizá el color del boli, no sé. Continue reading ›


Zenobia Camprubí

Cuando iba al colegio yo era una alumna tímida, siempre encorvada y tratando de pasar desapercibida…, a veces. Otras, canturreaba en el momento menos oportuno, más por el placer de canturrear que por el de llamar la atención o molestar, eso creo; o preguntaba a destiempo o dibujaba en las esquinas de los libros sabiendo a ciencia cierta que al prof de historia aquello le sacaba de quicio por inculta, por irreverente y por irresponsable (ya te contaré qué motivos blandía, eran muchos, para pensar que los dibujos en las esquinas de los libros merecían aquel abuso de palabras en i-).

Una mañana de octubre nos dijeron que venía Ricardo Gullón a impartir una conferencia. Por la cara de la prof de literatura, aquella debía ser una visita de enjundia. Por supuesto, ignorábamos entonces que Gullón era un destacadísimo crítico literario, paisano nuestro, además, que dedicó su vida al estudio y a la preservación de la obra literaria de Juan Ramón Jiménez. A mi lo de Gullón me sonaba a una fábrica de galletas de al lado del pueblo de la abuela, en Aguilar de Campoo, y así lo vociferé imaginándome ya con la boca llena de dulces crujientes que, sin duda, nos aportaría el prestigioso conferenciante. Mi proclama me valió una bronca más crujiente que dulce, pero le dió pie a la prof para explicarnos con pelos y señales quién era nuestra ilustre visita. Continue reading ›


La sonrisa sordomuda (1)

Enfrente de mi casa había una puerta muy grande, de color sucio y verde, y una ventana.

Contaban que algunas noches rondaba por allí un ser al que le faltaba la boca,

una sombra triste que tocaba las bisagras, el pomo,

besaba sus zonas más ariscas,

inclinaba y acercaba los ojos, primero uno, despues el otro, hacia la mirilla,

buscaba…
Eso contaban y, aunque nunca llegué a ver al tipo triste del que hablaban, también hice mía la historia, me la quedé, la transformé, me la guardé debajo de la almohada,  y también contaba

incluso alguna vez, cuando creía que nadie me miraba, buscaba…


Suicidio y estética

Cuando conocí a V. yo vivía una mala racha a nivel de trabajo, de novios, de contorno de cintura; a todos los niveles, en suma, que es lo que suele ocurrir cuando se pasa una mala racha. V. era (y es) escritor y acababa de recibir un premio importante. Sólo habíamos hablado un par de veces por teléfono, a propósito de su libro e intentando concretar fechas y formas para una posible entrevista. Desde el primer momento, me sorprendió su voz por teléfono, tan similar a su escritura; quizá por eso, sin mediar charla transcendental sobre la vida y la muerte, ni borrachera de ginebra, ni noche loca por el Raval y la Boquería, sin mediar versos (“tú no puedes volver atrás porque la vida ya te empuja como un aullido interminable”),  eso vendría después, dije: “quiero terminar pronto; estoy triste, estoy aburrida, me quiero suicidar”. No sé si era verano o invierno, no sé qué ropa llevaba,  ni qué día de la semana era; sólo recuerdo el teléfono y su color: verde, muy claro.

V. no se sobresaltó lo más mínimo; quiero decir que los que tenemos intención de suicidarnos, también aquellos que lo manifestamos, aunque no lo veamos claro, esperamos que el otro se alarme, se conmueva, se mueva, que tiemble y se asuste, sí. Pero no. V. se encogió de hombros (esto me lo imaginé yo porque, insisto, nuestro contacto había sido escaso y sólo telefónico; para los efectos de ver sus hombros, nulo) y se limitó a decir: “no me jodas, tú, el suicidio es antiestético”. Continue reading ›


Destino León

León se ha hecho mayor y, lo que parecía impensable hace unos años, apunta maneras de hembra hermosa. Esa fue la sensación que tuve esta mañana, un viernes santo sin procesiones y sin pasos, es fácil que pasen muchos años antes de que se repita episodio similar, papones descabezados deambulando por las calles de la ciudad, esperando, deseando para luego retirarse y clamar contra la lluvia, contra los dioses y los elementos, contra el hombre del tiempo, contra todo, en general, por qué no. Siempre con una caña entre las manos, eso sí, o torrija o limonada o bacalao, con algo entre las manos, para consolar, para olvidar mañana tan nefasta. Continue reading ›


la palabra infinita

La red (que otros llaman la nube) es redundante; se compone de un número impreciso de pares de cobre y cables de fibra óptica, conectados entre sí y con el resto mediante puestos de control, donde equipos informáticos normalizados, aunque de muy diversa capacidad de proceso, verifican los protocolos y cierran los circuitos. En cada puesto, un individuo o varios participan libremente: algunos sólo miran o se asoman, otros ejercen funciones que van de la mera vigilancia, pasando por el filtrado de datos, hasta llegar, señalados por la excelencia, a la creación e introducción de contenidos. Desde cualquiera de esos puestos es factible comunicar con sus equivalentes, en cualquier momento, a cualquier distancia, sin más criterio que la curiosidad o el deseo, y sin que las sesiones así establecidas deban circunscribirse a un grupo de interlocutores o transcurrir en un intervalo de tiempo prefijado. Los enlaces no son unívocos, pueden desarrollarse a través de pares y fibras diferentes, procurando que ello no minore su eficacia ni modifique los resultados. La combinatoria predice que la cantidad máxima de esos enlaces tiende a limitarse, pero en la práctica y para todo valor real, nadie ha podido demostrarlo, tampoco proponer un modelo matemático lo suficientemente estable donde ensayar esa u otra conjetura. Continue reading ›


a famous’ death

les dije que me incinerasen, pero no hubo forma: siempre pensé que mis hijos eran unos idiotas, oh, yeah, silly kids,  y así se demostró el día de mi entierro; prefirieron la parafernalia del desfile a pie, balcones llenos de flores, aplausos y sollozos descontrolados, prefirieron dejarse fotografiar junto a mi ataúd, gafas de sol grandes y oscuras, abrazados: querían ser fotografía en blanco y negro en los periódicos, a mi costa, como siempre, a mi costa y lo fueron, claro

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el domador y su cofre

cuentan que un domador de leones despertó una mañana muy cansado y se miró en el espejo. Entonces decidió repartir sus pertenencias entre sus tres hijos: el equilibrista, el payaso y la trapecista del circo. Ellos acogieron la noticia con grandes muestras de devoción y también de gratitud. Juraron honrarlo, amarlo y respetarlo durante el resto de sus días. Al domador le sonó a frase de iglesia, pero sonrió.

Transcurrieron unos meses. El circo recorría pueblos y ciudades y, mientras tanto, el equilibrista llenaba la despensa del padre; el payaso limpiaba y ordenaba y ponía flores en los rincones del carromato del padre; la trapecista zurcía y perfumaba los trajes del padre. Hasta que un día, ¡oh, qué triste!, el domador encontró la despensa vacía. Tampoco había flores y los dedos de sus pies asomaban por los agujeros mal remendados de sus calcetines. Continue reading ›


encuentro

sonrieron, se miraron, reencontrándose… El semáforo en rojo les obligó a detenerse. No había sorpresa en su gesto, ni siquiera cuando se dieron un beso vacilante, ella acarició muy suave los labios de él con la punta de los dedos.

¿cuánto tiempo ha pasado?, la voz le salió ronca, no se imaginaba que volvería a verla, seguía igual de hermosa que la última vez, adivinaba su cuerpo blanco bajo el vestido, sus pechos rotos. No importaba la respuesta, daba lo mismo.

yo soy feliz, si tú eres feliz, se le ocurrió de pronto, no tenía ninguna lógica, hacía frío y en pocos segundos dejaría de ver su vestido y su cuerpo blanco; debería decírselo; debería decirlo mirándole a los ojos, susurrárselo como no dándole importancia y dejar que ella masticase esas palabras, debería decirle eso para que ella tuviera siempre dónde aferrarse, para que se supiera siempre acompañada. Sí, y también decirle que la vida se entreteje de retazos, como las mantas de las abuelas, y unas veces los trozos son primorosos, huelen a perfume francés, pero otras son algo tontos, saben a pie de gominola entre los dientes o feos, el tacto de un boli barato.

¿todo bien?, dijo en cambio, y le preguntó por sus niños y por el negocio de su marido y miró su reloj y ambos entendieron y se separaron, como si ese encuentro hubiera sido un sueño y ni siquiera en sueños pudieran amarse…


beso

caminar por las calles vacías serenó su espíritu, el sol les obligó a pestañear, hacía calor. L. trató de no volverse hacia él, no mirarle; que sus ojos pardos no se clavasen sobre los suyos, tan verdes y tristes. Nunca habían paseado juntos por allí, se sentían como adolescentes escapados de una excursión. P. se detuvo frente a un café oscuro: no era sólo la ausencia de luces, eran las paredes y el mandil del camarero, era el cuero negro de los taburetes, la cornisa repleta de violines, trompetas, un chelo silencioso. L. asintió y entraron, tropezándose, sonriendo un poco avergonzados y volviendo a tropezar. P. hizo un gesto hacia el taburete, ¿café?, preguntó y afirmó y ella dijo sí mientras el camarero los ignoraba, enfadado por aquella intrusión temprana, había abierto sólo para ventilar y sacar las mesas de la terraza, no tuvo valor para echarlos. P. palpó los bolsillos de su pantalón, parecía que buscaba unas llaves, quizá la cartera y L. se acercó despacio, se dejó caer desde su posición, un poco más elevada, sentada en el taburete, dejó que cabellos blancos escapasen de las horquillas del moño, envolvió su rostro y el rostro de él, con agua de lavanda, alguna lágrima torpe, lo besó; se besaron. Continue reading ›



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